El niño gris.
Érase
una vez un niño gris. Un niño faldero, raquítico y asustadizo con un ogro por
madre y un enclenque por padre. El niño gris no sabía ser un niño. Tenía
demasiado miedo. Su madre tenía demasiado miedo. Cuando iba con el resto de
niños, solo les imitaba para estar; no sentía, no jugaba.
No sabía
ser un niño; jamás disfrutaba, jamás soñaba.
Creció
al lado de una sombra. Una sombra que refrescaba con una brisa agradable a sus
padres pero que le golpeaba a él con la ira de un viento polar. Le torturaba.
El intentaba calentarse, calentar al resto, pero la sombra siempre le
derrotaba.
Y él
quiso ganar.
Jamás
fue niño, jamás disfrutó, jamás soñó y lloró. Temió.
Y creció.
Y dejo de ser pequeño junto al resto. La sombra se fue, pero el hielo se había
arraigado a lo más profundo de su ser. Seguía queriendo ganar. Todo para él era
ganar. Vivía una vida de adulto, pero no lo sabía, solo luchaba por ganar, compitiendo
a través del curso del tiempo. Formó a su alrededor un pasado, un escudo, un
contexto que le llevase a ganar, a la sombra o a quien fuese. Ganar.
Y, como
pasa con todas las batallas que no existen, perdió. La frustración de las
derrotas se convirtió en ira. Los miedos que le había dejado su madre en odio.
El niño
gris, en su lucha por ganar un corazón, olvidó que ya tenía uno, en la tenebrosa
jungla del miedo había un corazón.
Y, como
lo olvidó, se perdió. Los carámbanos que cristalizaban su interior que hicieron
añicos, llevándose por delante todos sus adentros. Llevándoselo por delante.
Aquel corazón
que jamás se atrevió a descubrir se pulverizó, pero su cuerpo siguió andando.
Vagando. Sin dirección.
Sin
alma. Apareciendo, pero sin estar.

Comentarios
Publicar un comentario