Instrucciones para dudar (y para decidir)


Pese a la extendida creencia de que dudar es algo espontaneo e incontrolable, el titubear requiere curtirse en el campo de la reflexión vacía, del sobrecalentamiento de los sesos solo para freír un huevo en ellos, del horror vacui.
La duda de más alta categoría a la que cualquier contendiente estándar puede aspirar es aquella que, aún considerada por los autodenominados “maduros” de nula trascendencia (como elegir entre un menú de carne o de pescado, decidir con que entretenerse la media hora antes de cualquier compromiso o elegir hacía que costado de la cama acostarse), alcanza unos límites de sufrimiento y preocupación que lleven al individuo a los límites del odio a uno mismo.
El primer paso consistirá en iniciar la reflexión con confianza, consciente de la trivialidad de la misma, si puede dibujarse una mueca de chulería en los labios cerrados del atleta; se sumarían puntos.
Poco después de este breve inicio, el contendiente debe percatarse de que existe un plazo limitado en el que debe producirse está reflexión, y que el hecho de retardarse en superar una encrucijada de estas características implicaría algún tipo de contratiempo o de bochorno en caso de hallarse rodeado de otros contendientes menos hábiles en el terreno de la duda, no aprecien la belleza de la contrarreloj.
Seguido de esto, los nervios invadirán a nuestro atleta en un estadio leve aún, e dará comienzo el proceso de reflexión. La primera fase de este consiste en abarcar el más simple recurso de pensamiento a largo plazo: la proyección. El contendiente tratará de imaginarse a si mismo en cada una de las opciones y ver así que escenario prefiere.  Para seguir en la competición, el atleta fracasará estrepitosamente, viendo los futuros que elucubre ocupados por resultados poco probables, aunque posibles, como que pedir un gazpacho ocasionase algún tipo de cataclismo nuclear.
Después, nuestro atleta procederá a aplicar el segundo método de reflexión, pues, convencido de su propia capacidad e intelecto, tratará de analizar detenidamente la situación y concluir una solución racional. Enumerará toda una serie de argumentos y contraargumentos para ambas propuestas y hallará una respuesta. Encontrará la mejor opción. Antes de confirmarse en ella, se dará cuenta de que no le satisface. No es la que quiere. Pese a esto, sigue en el método racional, así que buscará crear toda una nueva argumentación que favorezca a la otra opción, amañando el resultado. Cuando lo tenga y esté a punto de confirmarlo se dará cuenta de que esta opción tampoco de hace feliz. En este punto, empieza una de las fases más destacadas e importantes del proceso dubitativo, la que distingue a un amateur de un profesional. El contendiente de dará cuenta de la absurdidad del método racional y empezará a cuestionarse la naturaleza racional del ser humano, la lógica de la lógica y si todos esos elementos de autoridad argumental no son más que falacias para dar explicaciones a todo lo horriblemente incomprensible. Pero rápidamente se dará cuenta de cuan de egocéntrico y pedante llega a ser con sentencias tan supremas para algo que, posiblemente sea un problema suyo. Primero se cuestionará la racionalidad del hombre entendiéndole como un animal que se engaña a si mismo, pero rápidamente se percatará de la fragilidad de sus argumentos, una absoluta carambola casi telenovelesca, así que se replanteará su propia racionalidad desde una óptica pseudomédica: dudando ya hasta de su cordura. Las náuseas empezaran a dominarle. Los nervios y el estrés alcanzarán nuevos terrenos más dañinos. Su locura le llevará a cuestionar entonces la propia locura, dudando de todo, incluido el mismo, y los demás. Queriéndose demasiado para eliminarse de la ecuación, quita a los demás y, sin demás, no hay locura de ningún tipo. Después, se volverá a dar cuenta de que su ego de atleta le ha vuelto a jugar una horrible pasada, le ha vuelto a engañar. Sin entender la gracia de la broma, las náuseas le podrán, la cabeza empezará a humear lo suficiente como para cocer espirales de pasta romana a mediodía, y huirá.
Se encerrará en el primer baño que encuentre y expulsará todo lo que le rellene por los dos extremos de su cuerpo. Desesperado y sin tiempo, le seguirá el juego al destino y se quedará con el azar. Así, el contendiente pondrá el broche final a su actuación con una caída perfecta. Sacará una moneda de su bolsillo y se sentará en el váter. La moneda preferiblemente de cincuenta céntimos de euro, acuñada en España (de esas que llevan un Cervantes diminuto en la cara) y asignará a cada una de las opciones cara o cruz, de forma indistinta. La lanzará bloqueando con su dedo índice la presión ascendiente de su pulgar con la moneda posada en la uña. Después el índice se retirará para permitir al pulgar completar su movimiento y permitir a la moneda despegar girando sobre si misma. Cuando empiece a descender, la agarrará con la palma de la mano de los dedos propulsores y la posará sobre el reverso de la opuesta, tapándola. Después, lentamente y con atención, levantará la mano propulsora de la receptora y verá el resultado.
Y hará exactamente lo opuesto.


Comentarios

Entradas populares