El Quijote y mi duda (25 de febrero de 2018 para Literatura Castellana)



Redacto este escrito, seguramente borrascoso, difuminado y de interés dudoso, como sustituto de los comentarios sobre el Quijote para la asignatura de literatura castellana que debí haber entregado hace mucho. Efectivamente esto no será un comentario, ni tan siquiera me centraré excesivamente en ningún pasaje concreto, ni analizaré al dedillo cada uno de los vocablos que conformen un mínimo párrafo extraído de un capitulo de la más grande obra de la literatura castellana, como si ese pequeño saco de palabrejas aisladas tuviese algún valor por si solo. No tengo la intención de redactar un mediocre comentario académico en unos 30 minutos por absoluta obligación como si de masticar un vulgar chicle se tratase. El Quijote no se convertirá en un chicle del que mencionaré el sabor y la textura superficialmente, en una página y media, con el único fin de mejorar mi nota, no se convertirá en un chicle que luego tiraré al cajón de los apuntes que nunca releeré, porque soy incapaz de hacerlo. Me niego a aceptar el insulto que supone este trato, tan racionalista y academicista, tan científico, a la gran ópera de la locura. Y, pese a haberlo intentado, a haberme enfrentado en repetidas ocasiones desde diciembre hasta aquí al ya tópico y gastado enemigo del folio en blanco, jamás he encontrado la forma de desbaratar su guardia, de asestar un golpe de gracia que me abra las puertas a una redacción que, pese a estar bien en sus formas, carezca absolutamente de significado, por la naturaleza en la que ha sido demandada: una exigencia, un chantaje, un robo, un engaño. El gran engaño de la literatura. Ese gran engaño que se descubre, pero no descubre a su opuesta verdad, solo a otro engaño más profundo. Y este a otro, y a otro, sucesivamente. Solo, todos ellos revelan una cosa, un único elemento propulsado por el mismísimo caballero de la triste figura: una corrosiva e inacabable duda.

El Quijote está sembrado de ellas, tanto dentro como fuera. Es un gran icono de la cultura española, de sus letras y sus autores, alcanzando el nivel de símbolo de la pátria y, a su vez, parece tener más impacto fuera, en la literatura universal. Parecen entenderlo mejor americanos y europeos que no nosotros. Es indudable que lo lucimos, que le tenemos aprecio, pero no alcanzamos a integrar su grandeza entre nosotros, como si tuviésemos el más bello diamante de todos por pulir, pero no dejásemos a nadie hacerlo por mantenerlo nuestro. Es en otras culturas donde vive y respira, y aquí observamos su momificado cadáver. El icono de toda una nación es, en realidad, un desterrado apátrida que nos ha abandonado de forma merecida, porque nuestros literatos, académicos y divulgadores siguen atascados en las historietas ridículas del curioso personaje, sin haber visto más allá, como si esa gran segunda parte no existiese. Ese mismo amor por lo mediocre y fútil tan asentado entre nuestros incompetentes intelectuales, si es que tan siquiera pueden merecer ese epíteto, que me ha forzado a huir con este redactado sin orden, como lo ha hecho El Quijote, de los que creen que el arte y la belleza deben ser disecados, asesinados brutalmente y descuartizados sin finalidad alguna, por el gratuito hecho de hacer algo pedante y aparente. La cortina de humo que espanta a los verdaderos genios de las cátedras que hoy en día ocupan los vagos entre los “cerebros” del país.  

La duda de Cervantes es el germen del Quijote, una duda que alcanza a su misma persona. Un héroe de guerra, un caballero del que deberían cantarse canciones y escribirse sus hazañas, abandonado, sin gloria alguna ni atención de aquel rey y aquel estado por el que se ha sacrificado. La mentira del honor, de la desilusión más tacita de Cervantes, la que abarca a toda su magna obra: el sueño de ser un caballero, de recibir honores y glorias, salvar a doncellas y ser objeto de romances. Un sueño cuya naturaleza rápidamente se le aparece, le da un frío baño de realidad, de la mediocridad institucionalizada en los tiempos que viven, donde no queda ya nada de aquellos heroicos tiempos, donde esas lejanas empresas parecen ahora chistes; absurdos. Y eso mismo escribe.

Primero, tratando de solventar la duda de su infinita decepción, de aplacar su desilusión, tratará de ridiculizar su idea, redactará una comedia. La más triste jamás escrita. Verá en las andanzas de su caballero-payaso la oportunidad de sumergirse en todo un mundo, buscando el equilibrio entre aquello que quería ser y aquello que había leído (las caballerías) y aquello que se veía obligado a ser: un poeta de corte que escribiese un par de entremeses y algún teatrillo para tenerlos a todos contentos, incluido a su bolsillo. De lo que pretende ser un enfuriado insulto a su decepción mediante una más bien bruta ironía, surge un concepto trascendentalmente complejo, interesante; filosófico puede incluso. Un personaje tan noble y de buenas intenciones contra un mundo corrupto y viciado, que no ve en él nada más que un bufón, que no comprende su distorsionada visión del mundo, que no comprende la verdadera naturaleza de esa distorsión, el porqué de esa evocación a un mundo inexistente ni entenderá jamás la pasión del Quijote; su aventura. El caballero inicia una campaña para defender una causa perdida, una lucha contra el mundo, contra la gente, contra el entorno, contra la sociedad, contra su misma realidad, huye de la mediocridad que ve en todo ello para perseguir algo más excelso, algo ideal. No es David contra Goliat, no, es mucho más, es el héroe romántico que sigue buscando un motivo pese a no quedar nada más que el azul drama de la existencia, sigue buscando una luz, aunque deba imaginarla desde el hueco más recóndito de su ser, desde la última pieza de su roto corazón de Peter Pan.

Y lo publica. Y nuestra querida España, esa que tanto le ha amado, ríe. Ríe descontroladamente como jamás lo había hecho. Y nadie llora, nadie llorará a la tácita tragedia del hidalgo manchego, nadie llorará el ridículo drama que sufre el poeta en silencio. Solo ríen, y piden reír más, como el que pide que le rellenen la sexta copa de vino a gritos, profanando desde la ignorancia el néctar de Dionisio, como España profanó el de Apolo con Cervantes. Y alguien lo profanó. El genio tras la pluma fue poseído por la ira e inició la redacción de su segunda parte, concebida esta vez, no por la frustración de su artista, sino por la recepción de su creación. La reacción del mundo, de la sociedad, del entorno que le rodea, la total malinterpretación de sus intenciones y el insulto al drama que contiene. Todo ello, resumido con la magistral magia y gracia con la que Cervantes carga su ruptura de la Cuarta Pared, donde todo orbita, no alrededor del caballero, sino alrededor de su libro.

Don Quijote está ausente, dudamos sobre si verdaderamente él sigue siendo él, dudamos sobre si Sancho aún es Sancho, la gente se mofa de él, fuerza su locura como si de una atracción se tratasen sus sueños, como si fuese un entretenimiento, banalizando sus sentimientos, sus ideales, a la simple peculiaridad o comedia, llevadas a ese extremo por el vulgar mundo que le rodea.

La segunda mitad de El Quijote es posiblemente de lo mejor que se haya escrito en esta lengua; rechaza esa iconicidad inicial para analizarla, destriparla y atacar a aquellos impíos de corazón, neutrales del arte y la belleza, que lo reducen al objeto de consumo, arrebatándole su naturaleza de carácter superior, su entidad universal, para convertirlo en un vacío entretenimiento incomprendido. Sin querer, Cervantes parece hablar incluso del consumidor moderno, esa audiencia media de televisión y de película palomitera, ese labrador que iba a ver a Lope es ahora ese hombre de clase media-baja que ve lo que echen en la tele, y que quiere hacerlo y no quiere nada más, y verá de quijotesco a cualquier soñador.

Y aquí nace la gran duda del Quijote, la gran duda que deja Cervantes con su final. La gran duda no resuelta, la gran duda literaria, vital, académica, filosófica, común, noble, poética, altiva y total. La duda irresoluble, la cuestión aún incomprendida, la mano aún alzada y siempre alzada en clase: Cervantes, con el trágico final de su héroe romántico, con la muerte del idealismo más icónica, ¿está acatando la derrota, la imposición, el destino de los hombres valientes por encima de los mediocres a ser reducidos a cenizas, o está atacando de la forma más cruel posible a ese mundo banal, atribuyéndole la muerte del último caballero a esta civilización cosificada, pero manteniendo la llama encendida a la transformación, a el aprendizaje, a la transmisión de esa ilusión, de esa locura, de ese sueño, de ese ideal, como representa Sancho?

Algunas dudas se resuelven y otras las preguntas hasta que se te entumece el brazo de levantarlo una y otra y otra vez, pero, la gran mayoría, siempre quedan sujetas a los ojos del que miran, como la realidad misma.

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