The Warriors




Sí, está cargada de flaquezas que cualquier idiota, con la comparación y la pedantería como arma, podría explotar para rajarla de arriba abajo. Sí, argumento pobre, personajes pobres, interpretación paupérrima, las escenas de acción son coreografías grotescas y en ningún momento genera una tensión que despierte el más mínimo interés por el guion. Todo ello es cierto, pero, aun así, pese a todo, The Warriors merece la pena. Existen pocas cosas en este mundo que tengan un carisma y una actitud tan singular como la que tiene The Warriors. Existen verdaderamente pocas cosas con la magia que respira cada segundo de esta casi olvidada cinta de serie B, considerada de culto por algunos y una simple baratija cutre por otros. Pese a sus múltiples errores y debilidades, The Warriors posee un estilo tan único que hace placentero cada segundo de filme, que consigue convertir todo aquello que toca en especial, gracias al intenso amor que profesa hacia el entorno que la envuelve.

Se habla mucho de cineastas y ciudades, de su óptica artística única respecto su metrópolis particular. The Warriors hace eso mismo, pero con la parte de atrás de una nevera llamada Nueva York, sin miedo de resaltar la peculiar atracción y belleza de sus barrios más marginales, convirtiendo en exuberantes paisajes líneas de metro llenas de grafitis y en piezas maestras de la arquitectura a edificios genéricos en ruinas.

La Anábasis de Jenofonte es la historia de un ejercito de mercenarios griegos contratados por Ciro para tomar el trono persa junto a muchas otras tropas médicas. En la batalla de Cunaxa, cerca de Babilonia, en el corazón del Imperio Persa, Ciro caerá y, con él, su causa. Todas sus tropas se unirán al resto del Imperio excepto los mercenarios griegos. Estos, deberán iniciar una ardua campaña de retorno desde el interior del Imperio hasta el Mar Negro, desde donde esperan poder regresar a casa. El éxodo de 10.000 hombres en tierras enemigas no estará impune de peligros y amenazas, pero finalmente, esta polis andante alcanzará su objetivo a gritos de “¡El mar, el mar!”, devolviendo a los valientes y astutos helenos a su hábitat natural.

The Warriors es la historia de un grupo de pandilleros de Coney Island convocados, junto al resto de bandas neoyorkinas, por Cyrus, el líder de la más poderosa, para ir hasta el Bronx, territorio enemigo para ellos, y formar un imperio callejero. Cyrus será asesinado y los Warriors serán injustamente acusados de haberle matado. Entonces, el resto de bandas les marcarán como objetivo y, estando lejos de casa, empezará su retorno, cargado de peculiares peligros y enemigos, a casa. A Coney Island, para volver a ver al alba la célebre noria, la playa y el mar.

Desde el primer minuto de metraje, nos sumergimos en un mundo de luces de neón parpadeantes y paredes blancas llenas de pinturas interrumpidas por rápidas columnas de oscuridad, viajando en metros desvalijados, infinitos y solitarios. El trato, especialmente en su inicio, de este universo que nos acompañará durante toda la obra, este Nueva York desconocido, será casi onírico. Gracias a la selección de información y a la dirección, más estética que narrativa, del montaje, lo que veremos serán elementos, luces, imágenes y movimientos que, pese a ser comunes, gozarán de una gran majestuosidad. Veremos aquello que quizá vemos siempre, como un metro oscuro llegando a la gran luminosidad de las estaciones, o aquello que nos pueda parecer poco interesante, como una noria cutre o un vagón destartalado, como algo único, desde unos ángulos inverosímiles y como una verdadera pieza de arte nacida del caos.

La iluminación juega un destacado papel en esta glorificación del entorno urbano, en esta re-lectura de la estética de una ciudad, pues los haces de luz nacidos de carteles, señales y faros son las verdaderas y únicas siluetas de los edificios y los vehículos. En la oscuridad, cuando la pared y todo lo que contiene pierde su importancia, todo se iguala a merced de los colores de bombillas, focos y neones, dibujándose tímidamente en un lienzo oscuro, para disfrazarse, sugerir algo muy distinto a lo que son. Algo bello en esencia, que alcanza una nueva naturaleza, una naturaleza que puede parecer antagónica, pero suya, al fin y al cabo, pues nace de su propia magia, de la magia de sus luces.

Quizás esto podría resumir The Warriors enteramente. Una belleza repentina e inesperada, nacida y surgida en la oscuridad, de donde parece no haber ninguna, para sorprender a todos de una forma singular e inolvidable.

La banda es, literalmente, eso. Un grupo de chavales de uno de los barrios más apartados y menos destacados de la gran ciudad rodeado de las mejores bandas y más peligrosas de Nueva York, que les hacen parecer unos críos, consigue escapar, volver a casa, y derrotar a los más peligrosos, agrupaciones que les superan en rango, dejando asombrado a todo el mundo y demostrando su verdadera calidad.

El protagonista pasa de ser un sucesor designado, un líder en funciones y sin apoyos entre los chavales por la repentina muerte de su anterior cabecilla, a un increíble general de guerra, un guía y voz de la razón para todos, demostrando una increíble capacidad de comando e inteligencia.


La chica de la cuadrilla pasa de convertirse en un estorbo donde los pandilleros solo veían distracciones y traiciones en un miembro más de su banda, en otro Warrior, en un valioso soldado y, para el protagonista, de alguien mediocre y casi despreciable a una amiga y quizás un interés romántico.

Puede que sea extrapolable hasta al mismísimo filme: una producción barata de serie B donde la mayoría de las escenas son huidas y peleas a puñetazos alberga en su interior una reflexión de la estética urbana que convierte en mágicos elementos comunes y que, a su vez, parece hablarnos de eso mismo: de buscar la belleza en todas las cosas, de buscar la belleza que todas las cosas parecen, aunque escondidas, contener.

Quizás no sea tan mala, al fin y al cabo…

Una cosa es segura: la idea de la radio es una genialidad. Un Hermes en forma de mujer afroamericana con una voz erótica y profunda que acompaña, dedicándoles canciones a los guerreros en sus penurias y, a su vez, actuando como informativo sutil para todo ese submundo suburbial en su genuino lenguaje: la música.


Eso sí que es indudablemente magnifico.







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